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La proyección del candidato

Hemos escuchado de una forma u otra esta idea miles de veces, y la repito en cada entrenamiento: “El político debe ser tan parecido a su votante como para que éste confíe en él, y tan diferente como para que le considere capaz de hacer cosas que el votante nunca podría”.

Esto significa, que el político debe generar lazos de similaridad e identidad con el elector, significa que debe “sintonizar” con él de modo que éste se ve reflejado “a su modo” en la imagen que ve en la televisión o el estrado. Esto puede materializarse en que encuentre atractivo al candidato, que le parezca agradable, que sienta que vive lo que “el pueblo” vive, que les entiende. Pero lo cierto es que esto no es suficiente. Es evidente que nosotros tenemos mucha confianza en nuestro mejor amigo, sin embargo no le dejaríamos que se encargara de nuestras finanzas familiares ni de curar el cáncer de una persona cercana. Por mucho que nos guste alguien, que nos caiga bien, hay responsabilidades que nunca le daremos.

Es decir, no es suficiente la Identificación (o simpatía) sin la Autoridad. Ni a la inversa. En el caso del político esta dualidad es todavía más aguda. Todo el mundo busca al candidato “especial”, y es esa condición de especial la que parece ir íntimamente ligada al rol de político (aunque por desgracia esto comience a ser un bien escaso). Si el político va a regir el destino de un país, tiene que ser capaz de hacer cosas que yo no podría. Si no es así, la gente no deposita su confianza en él.  Así el conocimiento, el status, la experiencia son elementos que configuran esa característica de “especial”.

Ahora bien, si estos dos elementos estudiados en profundidad por Cialdini en sus Leyes de la Influencia (Influence, Science and Practice), Identificación y Autoridad, deben estar ligados en la personalidad del político y ambos tienen aspectos divergentes, ¿Cómo relacionarlos desde una perspectiva práctica en la personalidad del político? ¿Cómo vincular de una forma fluida y sencilla el ser iguales y ser diferentes al mismo tiempo? ¿Cómo acercarnos y alejarnos mientras hablamos?

Hay varias formas, pero en este artículo nos vamos a centrar en dos:

La Forma Estilística y la Forma Interna:

La  Forma Estilística: Es habitual observar que uno de los principales errores de los oradores novatos (o experimentados pero sin un buen entrenamiento) es que cambian absolutamente cuando hablan desde el atril. Es decir, crean una impostura. Pierden su personalidad original, pasando a hablar de forma artificiosa. Este error es más grave de lo que parece porque lo más importante al hablar es “ser real”.

Hablar desde un atril o desde la pantalla tiene ciertas exigencias de estilo que el orador debe respetar pero siempre ha de mantener su personalidad. Si no es así, su comunicación se hace artificial y rígida. Esto impide que la emoción fluya lo que le resta credibilidad. Al tiempo que hace que su tensión interna aumente lo que impide que la mente pueda pensar con claridad.

Como decíamos, debemos ser iguales pero distintos y en el estilo lo hacemos del siguiente modo:

Hay dos registros fundamentales: el sistemático y el conversacional.

El sistemático es el que observamos normalmente en los parlamentos. Se caracteriza por unos tiempos muy marcados, gran incidencia en ciertas sílabas de las palabras y un ritmo repetitivo. Suele ir ligado a una gestualidad segmentada que refuerza el ritmo. Permite que las ideas queden muy marcadas: El énfasis está basado en la fuerza sin que suelan estar presentes otras emociones.

El conversacional es el más parecido a una charla con amigos. Consiste en “contar” lo que queremos decir. “Go back to the basics”, “be real”.  En el atril debemos ser capaces de recordar cómo hablamos en una cafetería. Al escucharnos así la gente conecta con lo que sentimos desde un plano más emocional dado que damos cabida a los matices. Este estilo, además, relaja al orador que puede fluir al tiempo que transmite su mensaje.

El primer estilo nos da fuerza, control, presencia. Nos da Autoridad. El segundo nos da fluidez, cercanía, credibilidad. Nos da Identificación. Y comunicar bien desde el estrado es ser capaz de movernos sobre el continuum entre lo sistemático y lo casual. Autoridad e Identificación. Si sólo nos apoyamos en uno de ellos, seremos o un robot o un “informal”.

La Forma Interna: Uno de los errores más comunes de la política es el ego. Sabemos que un gran ego es lo contrario a una gran autoestima. Esto hace frágil al candidato y lo aleja de su público. El candidato debe gozar de un notable equilibrio interno para afrontar consolvencia las múltiples ocasiones en las que se pone a prueba a sus nervios y su fuerza. Recordando a Gallwey y su “The inner game”, El jugador debe estar “en La Zona” y enfocado. Con el político pasa lo mismo.

Estar en La Zona, en política (en cualquier intervención pública en general) significa ser fuerte, estar muy seguro. Esto implica sentirnos especiales, sentir que nadie es capaz de decir las cosas que nosotros decimos como nosotros las decimos. Esta rutina produce en la mente un estado de fuerza que permite dar un discurso de forma muy sólida. Esta actitud le da al político la distancia necesaria con el entorno para generar la Autoridad. La seguridad y prestancia se percibe de forma automática por quien escucha y le distingue. Estar en La Zona, provoca cambios automáticos en la mirada, el gesto y la postura de forma inconsciente. Del mismo modo que cuando estamos contentos “se nos ve en la cara”.(A menudo me preguntan si La Zona no implica ser soberbio. Pues bien, si estamos enfocados, no)

El enfoque, sobre lo que la mente del orador se centra, es la gente, el votante, el público (y el mensaje). El político debe enfocarse en la gente, debe mirar a la gente, debe pensar en la gente. Esta actitud le vincula espiritual y emocionalmente con el público. Da una razón de ser al discurso. Le permite que a la vez que él se siente seguro, esté absolutamente conectado con el público. Está conexión provoca la Identificación, diluye el ego en la masa para hacer de la comunicación algo superior.

Comunicar bien desde el estrado es ser capaz de movernos sobre el continuum entre “La Zona” y en enfoque. Autoridad e Identificación. Si sólo nos apoyamos en uno de ellos, seremos o un tirano o un débil.

El día a día del candidato va a ser siempre un camino entre los dos puntos. Cuando se acerca a un puesto comercial para hablar con las personas que allí se encuentran el principio de persuasió que se hace más presente es la Identificación. Cuando discute sobre un presupuesto, su estilo irá hacia lo sistemático, primará su Zona , siendo la Autoridad el principio más reseñable. Pero más allá de los ejemplos paradigmáticos cuanto más extensa sea una intervención más deberá tener en cuenta los dos extremos de su imagen. Si sólo se mantiene en uno de ellos perderá apoyo por parte de quien le escuche.

Como vemos, la comunicación personal del político está llena de matices, nunca debe ser plana. En tanto en cuanto, el candidato sea capaz de moverse dentro de sus estilos su proyección será más rica y podrá marcar sus mensajes de una forma más completa y perdurable. Recordemos que finalmente sólo tiene un objetivo, ser comprensible, creíble y memorable.
Sólo esto: Ser comprensible, creíble y memorable.

 Éste artículo lo publiqué por primera vez en Campaings & Elections Latinoamérica.

Artículo escrito por Yago De Marta, Consultor Asociado al Centro Interamericano de Gerencia Política.

Fuente: yagodemarta.com

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